La fatiga, el peor enemigo de la Seguridad

La noticia del maquinista del Alvia entre Santander y Madrid que detuvo el tren antes de llegar a su destino alegando que había cumplido su jornada laboral es el último de una serie de episodios que han puesto la fatiga de los conductores de medios de transporte de pasajeros en el ojo del huracán mediático. Hace unos meses fue autobús que volvía de las Fallas accidentado porque el conductor se durmió al volante. Y ha habido más accidentes en los que la fatiga ha intervenido de manera más directa o indirecta.

Y la aviación no es una excepción. El pasado mes de febrero entró en vigor la nueva normativa europea de descanso de las tripulaciones, que armoniza la actividad de éstas en toda Europa, tras un periodo de dos años que Europa concedió a los estados miembros para incorporarla a las regulaciones nacionales. La European Cockpit Association (ECA) puso de manifiesto que muchos operadores e incluso autoridades nacionales no estaban preparados para asumir este cambio debido al escaso progreso en la implantación de sistemas de gestión de riesgos de fatiga en las empresas. Y parece que España le haya dado la razón, ya que es uno de los pocos países que recurrió, a última hora, a una moratoria que le permitía retrasar aún más la aplicación de la normativa europea. Hoy en día, la normativa aún no se aplica en nuestro país.

Esta falta de preparación es preocupante, especialmente para los profesionales, pero también para los usuarios debido a la enorme importancia de la cuestión.

Los estudios muestran que, en el caso de la aviación, el factor humano o fatiga es determinante en el 80% de los accidentes. Una encuesta de BALPA a 500 pilotos concluyó que el 43% se habían quedado dormidos alguna vez en la cabina de manera involuntaria. De éstos, el 31% manifestaron que, al despertase, el otro piloto estaba también dormido.

La fatiga produce reacciones más lentas, trastornos en la concentración y en la toma de decisiones. Es el peor enemigo de la seguridad operacional en aviación y en cualquier otro tipo de transporte. Por eso no deja de sorprender que nuestras autoridades no sólo evidencien que no están preparadas para actuar en la mitigación del problema, sino que además, en algunos casos concretos, parece que sean cómplices.

 

En el colapso de Vueling de este verano, fueron las tripulaciones las que sacaron adelante la producción de la compañía volando más horas de las que estipula su contrato laboral. Cedieron parte de sus días libres y tiempos de descanso, y asumieron la fatiga que podía causarles dicha sobreactividad.

Otro ejemplo lo encontramos en los servicios de emergencias H24, que en algunos casos están programados para ser activados durante las 24 horas del día a lo largo de 15 jornadas de trabajo consecutivas. Las empresas adjudicatarias encargadas de gestionar el servicio alegan que, cuando no están activados, los pilotos están en sus casas y no trabajan. Pero esto no se ajusta del todo a la realidad, puesto que deben estar alerta en todo momento, cosa que altera su vida normal y la libertad de la que uno dispone si no está trabajando. Además, en estos casos, los pilotos que enlazan diversos servicios de emergencia no pueden cumplir con los tiempos de descanso establecidos tras la actividad de vuelo, incumpliendo así la normativa. Por tanto, se les enfrenta al dilema de que, si cumplen la normativa, no atienden una emergencia, con el sentimiento de culpa y responsabilidad que ello conlleva.

La mayoría de estas situaciones se dan por una falta de modelo de gestión de personal adecuado, así como por el hecho de no disponer del número de profesionales necesarios para poder desarrollar la operación con garantías. España demuestra no solo no estar preparada, sino además tener una cultura muy pobre en seguridad. Hay que cambiar el modelo y pasar de una cultura reactiva –la que lleva a actuar cuando pasa algo- a otra preventiva –actuar para evitar que ese algo ocurra-.

Tanto en aviación como en el resto de transportes, la seguridad es un pilar fundamental. Es muy difícil para un piloto o un conductor darse cuenta de que está con fatiga, y en algunos casos extremos, es difícil reconocerlo y notificarlo por miedo a las represalias laborales que ejercen algunas empresas y que puede llevar incluso a la pérdida del puesto de trabajo.

En España seguimos teniendo los deberes pendientes en la prevención de fatiga y, por ende, en seguridad. Deben promoverse acciones y medidas que ayuden a prevenirla y evitarla, empezando por exigir la aplicación de las normativas vigentes. Sólo si los afrontamos, podremos evitar que ésta ponga en riesgo la seguridad.

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